Versiòn tomada del diario El Tiempo.
En el mes de octubre del 2019, durante unos debates sobre desaparecidos del Caguán, el representante Iván Cepeda se le acercó y le dijo a Aurelio Iragorri Valencia, viceministro de Gobierno: “Tenemos algo en común, mi papá me decía que tu tío Álvaro Pío, su profesor en la Universidad del Cauca, lo influyó mucho para convertirlo en comunista”.
El tío abuelo de Paloma Valencia volvió comunistas marxistas a muchos estudiantes de la ciudad y a no pocos de los de otras ciudades que iban a estudiar a la ciudad universitaria. Se sabía de memoria El capital, el libro sagrado del marxismo, escrito en 1861.
Álvaro Pío, por el papa Pío XII, no era un comunista común. Había nacido en la más alta aristocracia, hijo de un conservador purasangre que no alcanzó a ser presidente de Colombia, en dos intentos, cuando parecía que todo estaba alineado para que lo fuera. Pero ese honor le tocó a su hijo Guillermo León, muy distinto a Álvaro Pío, la oveja negra de la familia, pero no por ser el más negrito de los Valencia Muñoz.
Su madre Josefina, que murió a los 30 años, en España, era la hija de don Ignacio Muñoz, uno de los hombres más ricos del Cauca, cuando el Cauca era medio Colombia y llegaba hasta el Atlántico. Hizo su fortuna trabajando la tierra, vendiendo vacas, leche, papas, queso, mantequilla, caballos y otros negocios, entre ellos financiar y construir el Ferrocarril del Pacífico, Buenaventura, Cali, Popayán. Dicen que llegó a tener 60.000 cabezas de ganado.
La dote que le dio don Ignacio Muñoz Córdoba al poeta Valencia era la casa más grande de Popayán, situada en una colina al comienzo del puente del Humilladero, construida en el siglo XVII para el regidor del cabildo, y adquirida en 1906 por don Ignacio. Ahí nacieron sus cinco hijos, Guillermo León, Josefina, Giomar, Luz María y Álvaro Pío, el futuro comunista; alimentados con cucharita de plata, zapatos de charol, vestidos de marinero y trajes de princesas. La casa tiene 20 habitaciones, cuatro enormes salones, tres patios y anchos corredores con columnas altas y arcos, arquitectura neoclásica.
Tío Pío para la familia y Álvaro Pío para la gente de Popayán que se lo encontraba en las calles del casco histórico, tomando pintado en el Café Alcázar, o en la plazoleta del Claustro de Santo Domingo, conversando con estudiantes o los que lo iban a visitar en los últimos 30 años de su vida a la casona donde nació y vivió, pero reducido a un modesto cuarto en la planta, como si fuera el cuarto del vigilante. Una cama sencilla y mal tendida, una mesa de noche, una mesa de trabajo y comedor, libros, cuatro sillitas de cuerina verde, la paleta de un pintor colgada en la pared, más libros y periódicos por todas partes y en el suelo.
Mucha gente lo iba a charlar, estudiantes pidiendo ayuda con sus trabajos y tesis, matrimonios en crisis, campesinos sin tierra, maestros en huelga, indígenas perseguidos, abogados con mala práctica, herederos en conflicto, trastornados con pensamientos suicidas, paisanos engalletados en las notarías, todos buscando en el sabio aconsejador orientación, fórmulas de conciliación o adoctrinamiento político con las teorías del materialismo histórico, la propiedad de los medios de producción y la lucha de clases.
Ser comunista en Popayán en los años 50 era ave rara. El país vivía la época de la violencia entre pájaros y chulavitas después de la muerte de Gaitán; ebullían los conflictos con los indígenas por la tierra y con los afros por el oro. El terrajero Manuel Quintín Lame, hablante de la lengua nasa y también del español, conservador, agitaba los cabildos y fue exhibido caminando encadenado por las calles empedradas de Popayán conducido por un policía hacía el proceso.
A dos cuadras del cuarto de Álvaro Pío, atravesando el parque de Caldas, vivía Manuel Cepeda Vargas, el papá de Iván Cepeda, en otra casona colonial, más modesta, de dos pisos, tres patios y ocho cuartos, cinco hermanos, una poeta, una magistrada, una médica, un pianista, todos levantados con una máquina de fotografía enorme marca Nikon con tres lentes intercambiables que manejaba doña Mina Vargas de Cepeda, excelente fotógrafa, natural de Guapi, Cauca, donde la encontró y enamoró Juan Cepeda Amésquita, y antes de regresar a Popayán, doña Mina organizó, con mucho éxito, estudios de Foto Vargas, en Buenaventura y Armenia, donde nacieron sus dos gemelos, Gloria y Manuel.
En Popayán siempre había cola en la carrera 6.ª, frente al portón de La Foto Vargas, todas las fotos de las cédulas, parejas de matrimonio, quinceañeras, pasaportes eran tomadas por doña Mina, una señora muy gruesa que se metía de cabeza dentro de un enorme capuchón de trapo negro a manipular ese cuarto oscuro alemán, negativos de placa, y con una sola toma que casi siempre salía perfectas y solamente la repetía si al revelarlas y copiarlas los clientes salían con los ojos cerrados.
La edad de la pendejada
Paloma Valencia, muy niña, los domingos en la tarde, iba a la casa de la hacienda Genabra con su padre Ignacio, su tío Pedro Felipe, el tío Pío, las tres tías y los primos a tomar té o café con pan aliñado, almojábanas y colaciones. En la mesa de los mayores, manteles y vajilla inglesa, siempre terminaban hablando de política, nunca se ponían de acuerdo porque cada uno pensaba diferente, ultras de derecha e izquierda y una que otra tía moderada. Los niños, en otra mesa al lado, oían los debates mientras jugaban y hacían bulla. La tía Pepa decía: “Déjenlos que están en la edad de la pendejada”, y al final tomaban helados de mora de Castilla, lulo y guanábana, hechos con nieve traída del volcán Puracé, se abrazaban y después del debate, nada había pasado.
Los Cepeda Vargas siempre hacían sancocho los domingos y remataban con tocatas de bandolina y piano. Manuel leía mucho y pintaba y comenzaba a hacer esculturas. Su padre se encerraba en un cuarto con una mesa y una lámpara a dibujar en letra gótica los pergaminos de los que se graduaban, ese era su trabajo, no se metía para nada en el negocio de La Foto Vargas.
Álvaro Pío fue alcalde de Popayán en 1943, miembro de la junta directiva de la Unión Patriótica, miembro del Comité permanente por la defensa de los derechos humanos del Partido Comunista de Colombia, bibliotecario, feroz orador, amaba los caballos, les tenía miedo a los perros y nunca tomó un arma de cacería como su hermano Guillermo León, que era un cazador incurable; ferviente cooperativista, como concejal promocionaba mercados en barrios populares, defendía los derechos laborales, la educación, los servicios públicos eficientes y no onerosos para los pobres, impuestos catastrales justos. Creía en una transformación social basada en la dignidad, la justicia y las libertades. Profesor de historia, literatura, filosofía, economía, estadística y sociología, entre otras cátedras. Y no solamente lo hacía en sus discursos, sino en sus actos; la herencia que recibió al norte de Popayán, parte de la hacienda Belalcázar, en el sector de Bello Horizonte, la parceló y los lotes que no regaló los vendió a precios más baratos del mercado. Nunca tuvo carro, en sus últimos años vivía de una pensión y almorzaba corrientazo en un pequeño restaurante frente a la Casa Valencia. “Tenía dos vestidos, uno gris y otro azul, cuatro o cinco camisas de botones y dos pares de zapatos. Cuando llegaba a su cuarto se ponía una bata a cuadros color café y gris y sus pantuflas. Leía con una enorme lupa negra y cuadrada”, recuerda su sobrino Rodrigo Albán Hubach.
Manuel y la mujer bella
Manuel Cepeda Vargas, ya famoso por su trabajo periodístico y político en el Partido Comunista de Colombia, volvió a Popayán varias veces, con una mujer muy bella que llamaba la atención y dos hijos pequeños. Seguramente doña Mina le hizo fotos a la familia junta. Y seguramente visitaba al maestro que tanto influyó para que se volviera comunista.
Cada popayanejo tiene una anécdota de Álvaro Pío, brillante repentista, culto en el arte, la historia y la literatura. Declamaba el Museo del Louvre como si hubiera sido guía ahí, solo que nunca lo visitó. Cuando ocurrió el terremoto de Popayán en 1983, llegaron al villorrio expertos científicos geólogos, geofísicos, y en conferencias técnicas planteaban que el terremoto había sido causa de la falla del Romeral, las subfallas del Cadillal, la Suramericana, la de Nazca y hasta castigos divinos por portarse mal en Semana Santa. Álvaro Pío acabó con todas las teorías porque una señora que se lo había encontrado en la calle le había dicho que todo era por el volcán, dice Manuel Ignacio Cárdenas, quien recuerda haber oído que el intelectual, de joven, andaba en una motocicleta con carrito al lado, como las de los nazis. Pedro Agustín Valencia Laserna cuenta que le preguntaron a su padre por qué le habían salido dos hijos tan diferentes, y contestó que porque ambos habían leído sus poemas, pero Álvaro Pío no leyó los poemas a Cristo.
Siendo rector de la Universidad Santiago de Cali, caminando por el puente Ortiz, le salió un atracador con cuchillo y le dijo: “Qué horas son”. Álvaro Pío se quitó el reloj, se lo entregó sin oponer resistencia y le dijo: “Mire usted que yo casi no veo”, dice Eduardo Nates que le contó Álvaro Pío. Su comunismo era pacífico, creía que todos los conflictos se desarrollaban naturalmente y eran negociables con principios de igualdad y justicia.
Manuel Cepeda era un comunista mucho más radical, tanto que cuando terminó sus estudios de abogado decidió irse a Bogotá para evitar las preocupaciones de doña Mina por las gentes que lo visitaban o cuando le caían los agentes del DAS a requisar la casa, recuerda su sobrino Fernando Cabrera Cepeda.
Además de las ideas de izquierda, los unía el bigote, adorno facial obligatorio en esa época, todos los Valencia lo tenían, Guillermo, Guillermo León, Álvaro Pío, Manuel e Iván desde sus épocas de estudiante.
Álvaro Pío se inscribió en el Partido Comunista oficialmente a los 33 años, solo hasta después de la muerte de su padre, muy distante de sus ideas, quien decía que sus hijos eran patos incubados por gallinas y cada uno salió para diferentes lados.
Pueblo pequeño, infierno grande, en Popayán Álvaro Pío tenía fama de ser gay. No se le conoció mujer alguna. Escribió que había tenido un hijo que murió de escorbuto en Manaos (Brasil). Además excomulgado. Impío. Su padre, el poeta, el que le trajo de Europa El capital, era muy fervoroso y no perdonaba mujer alguna.
Una vez le preguntaron: “Usted no siente la necesidad de Dios”. Amablemente contestó: “Usted me ha dado parte de la respuesta en su pregunta. Es cierto, Dios es una necesidad. Lo que ocurre es que unos lo necesitan mucho, otros poco y otros no lo necesitamos porque nos resolvemos los problemas de otra manera”.
“Renuncié a todos los bienes terrenales, vivo de una pensión como jubilación. Es todo mi capital. He tratado de ser útil a la sociedad, me ligué siempre a los movimientos de campesinos y obreros, he luchado al lado del pueblo en situaciones difíciles de crisis social, recorrí toda Colombia en propaganda de las ideas socialistas. Nunca tuve un conflicto con público, fui siempre respetado porque comprendía perfectamente que tenía que respetar el pensamiento de los demás, porque tenía que enseñarles a encender una nueva luz”. Esta última frase es el título de una recopilación de sus textos y discursos, 325 páginas, prologada y compilada por Diego Jaramillo Salgado y que hace parte de la colección de 100 libros, denominada Posteris Lumen, editada por la Universidad del Cauca para la conmemoración de sus 200 años.
No escribió un solo libro y aunque hablaba de que estaba escribiendo un libro sobre su padre, nunca se supo nada. No aparece tampoco su galardonada tesis de grado a los 17 años, titulada ‘Crítica económica’.
Cuando el terremoto, la casa Valencia quedó destruida, incluido el mausoleo de la familia, los veinte muertos se salieron y Álvaro Pío los recogió y los arrumó en su cuarto mientras reconstruían.
El lunes 18 de junio de 1988, su sobrina Marta Hubach Valencia llegó temprano a visitarlo, golpeó la puerta y, como no contestaba, la empujó y ahí estaba sentado en una de las sillitas de cuerina verde, con su bata a cuadros grises y cafés y la lupa grande, negra y cuadrada en el suelo.
Tenía 86 años, de toda esa herencia de don Ignacio, solo dejó un montón de libros subrayados.
“Popayán ha dado diecisiete presidentes de Colombia, siete nacieron en la misma cuadra y diez en el mismo barrio”, dice Iragorri Valencia.
Como están las cosas, es muy posible que sean once los presidentes nacidos o criados en el mismo barrio.