El acceso a la educación, la crisis de la vivienda, los cambios en los roles de género, los anticonceptivos, la cultura en movimiento constante, la incertidumbre económica, el desarrollo profesional, el avance de la mujer en la esfera pública, los tratamientos de fertilidad asistida, los proyectos, el reloj biológico, el deseo, la duda, esperar el momento indicado, el ocio, viajar.
No hay un motivo único que explique que una persona o una pareja no tengan hijos, pero la disminución de la fecundidad en el mundo es un símbolo de la época, y América Latina lidera esa tendencia a la baja.
Y aunque no tener hijos no siempre es una decisión (a veces es algo que simplemente sucede, o una imposibilidad biológica o, incluso, la ausencia de otra persona que quiera encarar ese proceso conjunto), los resultados son concretos: la tasa actual de hijos por mujer en edad fértil en Latinoamérica es de 1,8, mientras que en 1960 era 5,8. Es decir, una caída del 69 %, según datos del Banco Mundial, y las proyecciones aseguran que se seguirá desacelerando.
Un informe sobre el estado de la población mundial del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unpfa) de 2024, registra que a nivel global la tasa se encuentra en 2,3; siendo de 1,5 en las regiones más desarrolladas; 2,4 en las menos desarrolladas y 3,8 en los países menos adelantados.
Preceden a Latinoamérica Europa, Asia Central y Norteamérica con una tasa de 1,6 y el resto de Asia en 1,7.
Los números sustentan —en general— lo que sostienen los expertos: a más desarrollo, menos nacimientos. Por eso llama la atención que Latinoamérica, con las particularidades propias de una idiosincrasia atravesada por la desigualdad, presente una tasa cercana a los países con mayor desarrollo.
Según la ONU, la llegada de los regímenes de baja fecundidad “es inevitable”.
Entre los desafíos se encuentran la presión sobre el sistema de seguridad social que implica el envejecimiento de la población, la desaceleración del crecimiento poblacional e incluso la posibilidad de su declive en términos absolutos, en base a análisis de especialistas.
También existe una mirada más optimista. “Suele ser la consecuencia de una mayor equidad de género, del control casi perfecto de la anticoncepción, de la expansión educativa y de mayores oportunidades laborales para las mujeres”, detalla el estudio.
Y todavía queda una tercera lección: “Hasta el momento, los regímenes de baja fecundidad se han instalado en países que cuentan con los recursos necesarios para implementar las medidas institucionales adecuadas para hacer compatible la crianza de los hijos con el estilo de vida de estas sociedades”.