En un emotivo artículo dirigido a la comunidad universitaria, el rector de la Universidad del Cauca, Deibar René Hurtado Herrera, reafirmó que la institución es mucho más que su infraestructura física: es memoria viva, historia compartida y el proyecto colectivo de miles de estudiantes, docentes, administrativos y familias que han encontrado en ella la oportunidad de transformar sus vidas. “Unicauca es nuestro patrimonio colectivo”, señaló, subrayando que lo público no significa apropiación individual, sino compromiso compartido, sentido de pertenencia y responsabilidad con una casa de pensamiento crítico, diálogo y diversidad que, durante casi 200 años, ha sembrado esperanza en la región y el país.
El pronunciamiento del rector se dio en el contexto de los recientes hechos de violencia ocurridos en las instalaciones de la Rectoría, frente a los cuales agradeció la reacción solidaria y valiente de la comunidad universitaria y de la ciudadanía. En su reflexión, reiteró que la violencia nunca será el camino y que el diálogo respetuoso debe ser la base de los consensos. “¿Cómo hablar de transformación social si no practicamos la paz en nuestro propio entorno?”, cuestionó, invitando a estudiantes, profesores y personal administrativo a abrazar la Universidad como un territorio para la paz, donde las diferencias se conviertan en oportunidades de aprendizaje y la palabra tenga más fuerza que la confrontación.
El artìculo completo es:
Durante casi 200 años, esta casa viva y en continua evolución ha sido un espacio donde el conocimiento se convierte en herramienta de libertad. En sus salones se han formado profesionales, líderes y lideresas sociales, investigadores, artistas y ciudadanos comprometidos con su región y con el país. Pero más allá del diploma y de los logros académicos, lo que realmente distingue a la alma mater caucana es su capacidad de sembrar esperanza. Cada miembro de nuestra comunidad trae consigo, sin lugar a dudas, una historia, un anhelo, una meta que impacta territorios y comunidades enteras.
Asumirla como patrimonio colectivo implica comprender una responsabilidad compartida. Reconocer que lo público es de todas, todos y todes no significa apropiación, sino compromiso: un sentido de pertenencia que protege, valora y fortalece. Eso representa la Universidad: un espacio de pensamiento crítico, diálogo permanente y diversidad, donde se busca poner en común y encontrar los mecanismos para encontrarnos. Es natural que en una comunidad amplia existan diferencias de opinión, saberes, prácticas y sensibilidades. En ocasiones, esas diferencias generan incertidumbre. Sin embargo, es precisamente en esos momentos cuando debemos recordar quiénes somos y cuál es nuestra misión.
La reflexión es clara: ante cualquier adversidad, la violencia nunca será el camino ni la respuesta. La confrontación divide, fragmenta y deja huellas profundas y dolorosas en el corazón. En cambio, estamos llamados a fortalecer la Universidad como un escenario donde la palabra y el diálogo respetuoso sean la base de los consensos. Así, dialogar no es un acto de debilidad, sino de valentía. Exige escuchar incluso en el desacuerdo, reconocer al otro como interlocutor legítimo y buscar puntos de conexión en medio de la diferencia. Esto es ser coherentes con nuestra misión educativa. ¿Cómo hablar de transformación social si no practicamos la paz en nuestro propio entorno?
La paz se construye cada día, en los gestos cotidianos, en la manera de asumir y resolver los conflictos, en cómo nos dirigimos a los demás y en la disposición a comprender antes que juzgar. Estudiantes, profesores y personal administrativo desempeñan un papel fundamental en esta tarea. No es responsabilidad de unos pocos; es un compromiso colectivo.
Quiero tomar un momento para agradecer a todas las personas que se resistieron, se indignaron y rodearon a la Universidad cuando los lamentables y desconcertantes hechos de violencia ocurrieron en las instalaciones de la Rectoría esta semana que va llegando a su fin. Esa valiente presencia y postura, en medio de una situación tan dolorosa, nos conmovió profundamente. Fue una clara demostración de lo mucho que nos importa esta casa que sentimos como NUESTRA. La unión y el compromiso de nuestra comunidad, así como los mensajes de solidaridad que nos llegaron no solo de los estamentos universitarios, sino también de la ciudadanía, nos llenan de esperanza y nos hacen sentir que estamos en el camino correcto. Estos gestos son un recordatorio poderoso de que el amor y el respeto por nuestra institución son más fuertes que cualquier adversidad. En esos momentos difíciles, la comunidad se erige como un baluarte de defensa y apoyo, reafirmando que juntos somos capaces de enfrentar cualquier reto.
Y conectado con lo anterior, la invitación es a que hoy, más que nunca, abracemos nuestra casa. Aquí nacen amistades entrañables y se forjan grandes proyectos de vida. Es el escenario de largas jornadas de estudio y trabajo, de conversaciones profundas en los pasillos y de celebraciones por metas alcanzadas. Todo eso conforma un tejido invisible que nos une.
Este es el momento de reafirmar nuestra identidad y nuestros principios. Que las diferencias se conviertan en oportunidades de aprendizaje; que las dificultades nos fortalezcan; que el amor por nuestra institución esté por encima de cualquier conflicto. La grandeza de la Universidad del Cauca no se mide únicamente por su prestigio académico, sino por la calidad humana de quienes la integran y de quienes han construido nuestra historia casi bicentenaria.
Cada acción cuenta, desde el cuidado de los espacios físicos hasta el trato respetuoso entre compañeros, colegas, profesores y personal administrativo. Que el diálogo prevalezca, que la palabra tenga más fuerza que la confrontación y que la empatía supere cualquier forma de violencia. Recordemos que Unicauca es, ante todo, una Universidad para la paz.