Bakersfield (EE.UU.) (EFE). Alejandra se levanta todos los días en la madrugada para salir al campo y enfrentar una jornada marcada no solo por el desgaste físico, sino también por el miedo que se ha instalado desde que comenzaron las redadas migratorias en California, el corazón agrícola de EE.UU., y que ya cobraron la vida de un mexicano.
«La verdad que si no tuviera a mi hijo, a lo mejor ya me hubiera auto deportado, pero él pertenece aquí», dice a EFE Alejandra, una licenciada en administración de empresas mexicana que ha encontrado en los campos de cultivo del sur de California un refugio de la violencia que afrontaba en su lugar de nacimiento.
A la mujer de 39 años nacida en el estado de Michoacán el narcotráfico le mató a sus dos hermanos y el temor a las repercusiones la empujaron a dejar el país, pero ahora su miedo es otro: ser detenida y deportada en medio de su jornada laboral.